Ella no sabía
que
yo buscaba
detrás
de sus ojos
y
debajo de su piel
el
secreto del dolor
de
su gente.
No
imaginaba
que
su voz
me
contaba todo,
mientras
el viento del sur
movía
la menta
en
el suelo arenoso.
Supe
cosas
que
casi cinco siglos
escribieron
en
el aire seco del desierto,
en
la selva desbordante
del
vientre de América,
en
las montañas del norte
y de
más al norte
y
del oeste.
Sin
haber conocido
a
las abuelas
de
sus bisabuelas,
supe
cosas
que
en algunas bibliotecas
sorprenden,
conmueven.
Fue
suficiente su mirada;
fue
suficiente
entrar
en su casa,
pisar el barro
y
mirar alrededor.
Intenté
imaginar
lo
humilde
en
lo miserable;
lo simple
en
lo fatal;
lo
autóctono
en
lo irremediable.
Esa
casa
habría
sido distinta.
Ese
suelo...
y
finalmente...
esos
ojos
y
esa piel.
Si tan sólo
aquellos hombres
hubieran intentado
sentarse
a esperar...
preparar mientras tanto
la tierra
y ofrecer una fiesta
de
amistad.
¿Por qué no?
Porque no
No
estaban preparados.
No lo habían imaginado.
La estrategia debía ser
como la de siempre:
imponer,
sojuzgar
y si
fuera necesario...
matar.
Y lo fue.
Devastar;
y así fue.
Hacer como que no pasó nada
y finalmente reinar.
Y
así fue.
¡Ay,
América!
La menta y el poleo
continuaban agitando
sus diminutos verdes
en la arcilla.
Me despedí de Matilde Filipín,
mujer de cacique,
mujer
americana;
ojos
cansados,
piel curtida.
Había olvidado
el
número de sus años,
el
número de sus hijos,
de sus nietos.
Había olvidado el nombre
de los abuelos de sus bisabuelos.
Y
olvidaría mi nombre.
Olvidaría
esa tarde
en
el espacio abierto
del sur...
y el
calor de mi mano.
¡Ay, Matilde!
De "Poemario de Indias" 11-9-92
Segundo premio de poesía. Bibliotecas populares. Municipalidad de Buenos Aires, 20-11-92
A los 500 años de la llegada de los conquistadores españoles a estas tierras de América