Murieron
nueve mujeres.
La primera
se llamaba
Sensualidad.
Ella sabía
evaporarse
y volver a
encarnarse.
La apuñaló
la burla
en el
preciso centro
de su dulce
delirio.
La segunda
se llamaba
Confianza.
Ella sabía
dormir
con un
respiro
hondo y
sereno
que se
llenaba de galaxias nuevas
bien demarcadas.
La raptaron
las mentiras
y ahora está desaparecida.
La tercera
se llamaba
Esperanza.
Tenía los
ojos chispeantes
y un
corazón
de latidos
sonoros
e interminables.
La dejó
ciega
la daga
incandescente
del
maltrato sistemático.
La cuarta
se llamaba
Cotidianeidad.
La
estrangularon
a la hora
de jugar
con los hijos
e inventar y reinventar.
La quinta
se llamaba
Serenidad.
La ahogaron
de común
acuerdo
el capricho
revoltoso,
la intriga
tejida
silenciosamente
y el
perseverante río
del objetivo perverso.
La sexta se
llamaba
Unidad.
La
ametralló la sospecha
con su
intermitente carraspera
rebotando
en los pasillos
y en las
almohadas.
La séptima
se llamaba
Alegría.
Le
inyectaron periódicamente
pequeñas
gotas de desilusiones
y de gritos
sin porqués.
La octava
se llamaba
Maternidad.
Hacharon su
virtud
temporal
el desamor,
los celos y el abandono.
La novena
se llamaba
Cordura.
La incendió
en parte
el parloteo
estéril
casi sin fin.
Es muy
bueno saber
que la
décima escapó
del
cuchillo,
del rapto,
de la daga,
de la soga,
del agua,
de las
balas,
del veneno,
del hacha
y del
fuego.
Terminó de
sollozar
mientras
cambiaba
sus ropajes antiguos.
Se llama
Fortaleza.
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