Unos días después
de aquella madrugada interminable comencé a recuperarme lentamente del bofetón
que me llevó a pensar en la estúpida idea de terminar con mi vida. Poco a poco
me volvieron las ganas. Creo que fue especialmente
por haber tenido el coraje de despedir al cafiolo y empezar a vivir en paz. Lo
hice con tono de locutora, con palabras para la ocasión y sin una lágrima,
obvio.
Como me habían
despedido del cargo que había ocupado por más de quince años, comencé a buscar
laburo y lo encontré en la pizzería
Zapiola después de pasar cinco pruebas de amasado en diferentes locales del
centro. Amasar no es el sueño del laburo
ideal pero descubrí que me provoca un gran alivio meter las manos en el pegote
de harina, aceite y agua.
Me salen unas masas
espectaculares. El toque está en los minutos previos al calce dentro de la
pizzera engrasada. Abofeteo la masa pensando en todas las esquinas de todos los
barrios donde alguna vez alguien palideció por la sorpresa de una deslealtad.Y
dale, le doy y le doy. Transpiro, puteo, me curvo, carraspeo en cada golpe,
pongo el óvalo delante de mi cara y dale, le doy y le doy.
Ya vinieron a
sacarme fotos porque la pizza se está haciendo famosa en Buenos Aires. Algunos
quieren conocer el secreto del punto justo porque jamás se probó algo
semejante. Ni yo lo imaginaba. De la alegría empecé a escribir un diario.
21 de julio de 2001
Ayer me llamó el
patrón. Quería cambiar la carta de pizzas, hacer una más moderna con fotos de
mis manos en la masa. No pude contener la carcajada.
-Ya que estamos, le
dije, déjeme ponerle el nombre a la especial de la casa.
-Dele nomás. ¿Cuál
le parece ?
-Bofetón.
9 de septiembre de
2001
El negocio va cada
vez mejor. Pasé a dirigir la cadena de franquicias “Bofetón”. Viajo una vez por
mes a distintas ciudades para abrir una sucursal más en cada viaje y dar una
clase magistral a los maestros pizzeros,
los únicos que conocen mi secreto.
9-9-07
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