domingo, 1 de septiembre de 2013

víboras


-¡Te dije! Ponete las botas. ¡¿Cómo te vas a ir al monte en chancletas?! Siempre el mismo. Te lo digo siempre: la yarará salta en el momento en que menos lo pensás.

La tarde tropieza con el dolor y el dolor con los desamores de toda una vida. Paulino se está yendo porque los venenos no perdonan.
No puede hablar; abre sus ojos desmesuradamente y sólo atina  a ir resolviendo algunos
pasos que conoce porque es hombre del litoral. Jadea. Rengueando toma la entrada de la picada y se dirige al río. Se da vuelta para hacerle una señal a Dorotea.
-       ¿No estarás pensando que me voy a meter con vos en la canoa? La casa no puede quedar sola. Pasá por lo de tu compadre; que te acompañe  hasta Tacurú –Pucú. Mirá que la pierna se  está poniendo fiera.
Resignado, Paulino entra en el túnel enramado que lo lleva a la orilla del río. La voz de su mujer  se va perdiendo junto con la de los guacamayos mientras se levantan otros sonidos con los nuevos colores del cielo y del agua.
El hombre y la canoa derivan sinuosamente entre sombras de basalto y se van perdiendo en los remolinos indomables del Paraná.

Dorotea guarda la damajuana de caña, acomoda la tabla y prepara la mezcla para el pan  rumiando  reproches mientras desprende de sus dedos la masa pegajosa.
Ceremoniosamente pone el repasador arriba de los bollos y se sacude restos de  harina del delantal.
-¡Puta digo! Me parece que los panes no van a levantar. ¡Puta humedad! Seguro que mañana llueve.


   28-1- 08 Después de haber leído el cuento "A la deriva" de Horacio Quiroga

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