-¡Te dije! Ponete las botas. ¡¿Cómo te vas a
ir al monte en chancletas?! Siempre el mismo. Te lo digo siempre: la yarará
salta en el momento en que menos lo pensás.
La tarde tropieza
con el dolor y el dolor con los desamores de toda una vida. Paulino se está
yendo porque los venenos no perdonan.
No puede hablar;
abre sus ojos desmesuradamente y sólo atina
a ir resolviendo algunos
pasos que conoce
porque es hombre del litoral. Jadea. Rengueando toma la entrada de la picada y
se dirige al río. Se da vuelta para hacerle una señal a Dorotea.
-
¿No estarás pensando que me voy a
meter con vos en la canoa? La casa no puede quedar sola. Pasá por lo de tu
compadre; que te acompañe hasta Tacurú
–Pucú. Mirá que la pierna se está
poniendo fiera.
Resignado, Paulino
entra en el túnel enramado que lo lleva a la orilla del río. La voz de su
mujer se va perdiendo junto con la de
los guacamayos mientras se levantan otros sonidos con los nuevos colores del
cielo y del agua.
El hombre y la
canoa derivan sinuosamente entre sombras de basalto y se van perdiendo en los
remolinos indomables del Paraná.
Dorotea guarda la
damajuana de caña, acomoda la tabla y prepara la mezcla para el pan rumiando
reproches mientras desprende de sus dedos la masa pegajosa.
Ceremoniosamente
pone el repasador arriba de los bollos y se sacude restos de harina del delantal.
-¡Puta digo! Me
parece que los panes no van a levantar. ¡Puta humedad! Seguro que mañana
llueve.
28-1- 08 Después de haber leído el cuento "A la deriva" de Horacio Quiroga
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