Ayer mi abuela habría cumplido ciento diez años; Magdalena, la mamá de mi papá. A la de mi mamá, María del Carmen, no la conocí personalmente pero lo llevo en mi sangre más que a nadie.
Cuando los abuelos viven no imaginan cómo perdurarán un día en las historias de sus nietos; y ellos tampoco piensan muy seguido en esa manera de permanencia de quienes ya no nos acompañan.
Volviendo a Magdalena, la del cumpleaños, tengo de ella el amor al canto, a la dignidad y un cierto rasgo de ingenuidad muy criticable.
Un día le dijo a mi abuelo: "-La próxima me voy"
Y llegó "la próxima".
Se fue de la casa de Olivos en el año treinta y cinco, con sus cuatro chicos y sus cinco penas.
Pasó del puerto de Olivos, del espacio aromado de un barrio naciente casi pueblerino, a Barrientos y Peña, cerca del hospital Rivadavia, donde había nacido mi papá.
En la esquina de Las Heras y Pueyrredón, planchaba camisas almidonadas y vestidos de seda. En su casa del Pasaje Bollini lavaba "para afuera", como contaba ella; y así se ganaba la vida.
Paso a veces por esos rincones de Buenos Aires y es como si viera un vapor de lágrimas subiendo de la plancha contra el algodón y escuchara el tarareo de alguna canzoneta italiana acompañado por el ritmo de sus manos sobre la tabla de madera torneada.
3- 9 -13
Pasó del puerto de Olivos, del espacio aromado de un barrio naciente casi pueblerino, a Barrientos y Peña, cerca del hospital Rivadavia, donde había nacido mi papá.
En la esquina de Las Heras y Pueyrredón, planchaba camisas almidonadas y vestidos de seda. En su casa del Pasaje Bollini lavaba "para afuera", como contaba ella; y así se ganaba la vida.
Paso a veces por esos rincones de Buenos Aires y es como si viera un vapor de lágrimas subiendo de la plancha contra el algodón y escuchara el tarareo de alguna canzoneta italiana acompañado por el ritmo de sus manos sobre la tabla de madera torneada.
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