domingo, 1 de septiembre de 2013

escondidos


-¿Jugamos a las escondidas?
- Dale
Los troncos de los plátanos  de la calle Peña se parecen a los de los  arrayanes pintados en el cuento de Blancanieves.
Dos veredas arboladas, zaguanes, pasillos y puertas entreabiertas. Cuatro esquinas dan a las únicas  dos calles empedradas del pasaje Bollini. Una  llega adonde el  paredón del Hospital Rivadavia pone fin a ese paisaje de principios del  siglo XX y otra termina en  donde se hace la feria los martes y los jueves.
- ¡Piedralibreparatodosmiscómm    pañeros!
-No hagan trampa. Están espiando. Mejor  si  yo les tapo los ojos.
Es el papá de Liliana que volvió de la municipalidad   a las cinco de la tarde. Su mujer es modista y tiene las nalgas muy prominentes por estar sentada tanto tiempo frente a  la máquina de coser, a veces hasta las doce de la noche. Liliana tiene sus mismos ojos verdes y está orgullosa de que su papá juegue con sus compañeros del barrio y de la escuela.
-Uno, dos, tres...
Todos corren tratando de no hacer ruido.
Las nubes corren también en silencio y el sol va palideciendo hacia el lado de la penitenciaría.
-Noventa y nueve, CIEEEN.
Un nene grita el cien como con un desgarro en la garganta.
Los chicos y las chicas van apareciendo por  detrás de los árboles, dan un salto corto desde los umbrales, doblan en  las esquinas.
-Piedralibreparatodosmiscómmm  pañeros.
Y el juego vuelve a empezar.
Para que los chicos no espíen mientras cuentan, el papá repite: - No hagan trampa. Mejor que les tape los ojos.
 El papá de Liliana entrecruza los dedos de sus manos y forma como una canasta  a la altura de su ombligo; en esa concavidad los chicos que cuentan apoyan sus frentes y sus ojos cerrados.
Malena comienza a contar y cerca del número  cincuenta su corazón se acelera cuando siente que  una de las  manos del homrbre aprieta sus pezoncitos de ocho años, sin dejar de sostener con la otra su frente y sus ojos ahora  entreabiertos.
Quiere correr. Puede hacerlo.
Entonces se libera. Corre, dobla en el pasaje, abre la puerta cancel, sube las escaleras tropezando. Si su papá se enterara podría ser terrible.
-¡LAREPUTÍSIMAMAMDREQUETEREMILPARIÓHIJODEPUTA!
La nena se imagina un duelo en plena calle, como los que están escritos en sus libros de la colección infantil.  O como los que se contaba que había en Bollini cuando se llamaba  Pasaje de la puñalada.
Al llegar al primer piso abre la puerta y busca un refugio rodeando  con sus brazos las caderas de su  madre.
Ella la levanta y la abraza. 
-Sístolediástolesístolediástolesístolediástole.
Sís to le diás to le.
Sís to l e diás to le.
Sís
To
Le
Diás
To
Le.
 5 - 05 - 07

primer desafío


Todo comienza la noche anterior, cuando colocamos la aguja del reloj en ese implacable número seis y con un toque del dedo índice  sellamos el pacto con la alarma que obedientemente sonará después de las cinco y cincuenta y nueve.
Si ya pasamos más de veinte años repitiendo el mismo ritual y nos asusta un poco el pensar en que tenemos por delante otros diez, pondremos a prueba todo lo que aprendimos sobre el pensamiento positivo como para intentar vencer ese suave vértigo matinal. Nos apropiaremos de cada frase recordada, como nos apropiamos del cepillo de dientes y  de la pasta dentífrica, del champú y del toallón.
Repetiremos como un mantra “estamos vivos”, “ no me duele la muela”, “ faltan cuatro días para el sábado”, “ qué bien la voy a pasar en enero”, “ya no nos gobierna la junta militar”. Sí, el secreto está en repetir cada una, desde el primer movimiento de nuestra mano  cuando se estira para interrumpir el  sonido del despertador.
Depende mucho de nosotros mismos cuánto puede durar esa conversación íntima realizada con los ojos semiabiertos y mientras deambulamos lentamente por la casa hasta despabilarnos.
La cafeína, la teína o la mateína podrán darnos el toque clave para alcanzar definitivamente la sintonía de las ganas. Ni hablar de la tostada con mermelada de frambuesas.
A esa altura del amanecer ya podríamos entusiasmarnos con la idea de que pronto haremos algo que realmente nos gusta, aunque no sea lo que disfrutamos cuando estamos plenamente libres de responsabilidades Quizás el día también pueda  depararnos algún encuentro significativo.
Vestidos, perfumados, maquillados o no, con los documentos en algún bolsillo y algún dinero para gastar, finalmente estaremos listos para poner la llave en la puerta, girarla hacia la derecha, sacarla y hacer un paso corto hasta cruzar el invisible límite entre el  adentro y el afuera.  Daremos media vuelta, volveremos a colocar la llave, a girarla pero ahora hacia la izquierda y a desprenderla de la cerradura. La guardaremos en la cartera o la colgaremos del cinturón y estará con nosotros durante toda la jornada como testigo de la primera hazaña realizada, del primer desafío logrado, del primer trayecto recorrido en ese nuevo día de caminantes, misteriosa oportunidad escondida y lista para ser descubierta.

17-6-07




mujeres del proceso


Josefina

Había una voz secuestrada
detrás  de la mirada.
Convenía.
El general la llevaba
y
la traía,
vestida
con sedas
de la India.

Irene, Marta y Beatriz

Abramos las piernas,
soportemos un rato
la colonia inglesa;
mañana
salimos para Pinamar.

Marina

Una nena envuelta
en una pañoleta.
Un recorrido.
La estéril prepara
un cuarto
con guardas de colores
y un soldado
limpia la sangre
en uno de los sótanos
que dan a la Lugones.

Cecilia

No entiendo.
Un estallido
debajo de la cama.
Ya no más
desayunos juntos,
ni las ordenadas
secuencias,
ni la vida apacible.


Claudia

Colegio,
amoríos,
resúmenes,
cartas. 
                      ( Estás  en la libretita).
Giro abrupto.
Trajes verdes,
camiones verdes,
focos,
picanas.
Caras desconocidas;
últimas máscaras de hielo y horror.
Primera vivencia del absurdo.

Rosario

Distancias.
Destino en paréntesis.
Mucho tiempo,
mucho desarraigo.
El frío de Madrid,
el paño en la vereda
y la fuerza de tu juventud.
Volviste.
- Contame.
- Ya sabés; nunca anduve en nada raro.
- Ya lo sé. Las letras,
  la filosofía.
- Se equivocaron.

Diana

Se enredó
en las palabras
y en las palabritas
de los que vendieron
la nueva idea
tapando antiguas
ambiciones.
La convencieron
y agarró la metralleta.
¡Si hubiera visto
lo que vi
después

de la Perestroika!    
                                              
 4-1-/02

víboras


-¡Te dije! Ponete las botas. ¡¿Cómo te vas a ir al monte en chancletas?! Siempre el mismo. Te lo digo siempre: la yarará salta en el momento en que menos lo pensás.

La tarde tropieza con el dolor y el dolor con los desamores de toda una vida. Paulino se está yendo porque los venenos no perdonan.
No puede hablar; abre sus ojos desmesuradamente y sólo atina  a ir resolviendo algunos
pasos que conoce porque es hombre del litoral. Jadea. Rengueando toma la entrada de la picada y se dirige al río. Se da vuelta para hacerle una señal a Dorotea.
-       ¿No estarás pensando que me voy a meter con vos en la canoa? La casa no puede quedar sola. Pasá por lo de tu compadre; que te acompañe  hasta Tacurú –Pucú. Mirá que la pierna se  está poniendo fiera.
Resignado, Paulino entra en el túnel enramado que lo lleva a la orilla del río. La voz de su mujer  se va perdiendo junto con la de los guacamayos mientras se levantan otros sonidos con los nuevos colores del cielo y del agua.
El hombre y la canoa derivan sinuosamente entre sombras de basalto y se van perdiendo en los remolinos indomables del Paraná.

Dorotea guarda la damajuana de caña, acomoda la tabla y prepara la mezcla para el pan  rumiando  reproches mientras desprende de sus dedos la masa pegajosa.
Ceremoniosamente pone el repasador arriba de los bollos y se sacude restos de  harina del delantal.
-¡Puta digo! Me parece que los panes no van a levantar. ¡Puta humedad! Seguro que mañana llueve.


   28-1- 08 Después de haber leído el cuento "A la deriva" de Horacio Quiroga

ronda con abrazo

Nadie sabe que vivo en esta secuoya y nadie lo sabrá, salvo ustedes que hoy quisieron pasear por este bosque.
El guarda parques los habrá invitado a rodearme con sus brazos, como jugando a la ronda sin cantar.
No lo sugirió, pero ustedes quedaron en silencio escuchando un latido lento y cavernal, lleno de cascadas y de pájaros dormidos.
Al  contar la  cantidad de manos que se extendieron para abrazarme quedaron sorprendidos.
Algo les dijo que este tronco es más que madera antigua, más que savia densa, más que follajes renovados en cada primavera desde hace varios siglos. Comprendieron que hay mucho más que números de años y de metros, mucho más que sobrevivir a incendios, talas y vendavales.
Ahora entienden que también son parte de este árbol, de sus marrones, rosas y verdes.
El abrazo es maravilloso. Puedo vivir en madera propia sus silencios. Descubro sus ramas de carne tibia y desde el follaje miro sus ojos cerrados descubriendo que  ya no hay tiempo, ni bosque, ni vidas diferentes. 
 14 -04- 2007



nieve porteña



Nieva en Buenos Aires.
Frío y chimeneas en mi mente.

Una cabaña y un encuentro.
Una mirada redonda,
Profunda,
Luminosa,
Buena.

Hasta que vuelva a encontrar
Ojos como aquéllos
Seguiré teniendo
Frío

 9-7-07


nueve crímenes



Murieron nueve mujeres.
La primera se llamaba
Sensualidad.
Ella sabía evaporarse
y volver a encarnarse.
La apuñaló la burla
en el preciso centro
de su dulce delirio.

La segunda se llamaba
Confianza.
Ella sabía dormir
con un respiro
hondo y sereno
que se llenaba de galaxias nuevas
bien  demarcadas.
La raptaron las mentiras
y  ahora está desaparecida.

La tercera se llamaba
Esperanza.
Tenía los ojos chispeantes
y un corazón
de latidos sonoros
e   interminables.
La dejó ciega
la daga incandescente
del maltrato sistemático.

La cuarta se llamaba
Cotidianeidad.
La estrangularon
a la hora
de jugar con los hijos
e  inventar y reinventar.

La quinta se llamaba
Serenidad.
La ahogaron
de común acuerdo
el capricho revoltoso,
la intriga tejida
silenciosamente
y el perseverante río
del   objetivo perverso.

La sexta se llamaba
Unidad.
La ametralló la sospecha
con su intermitente carraspera
rebotando en los pasillos
y en las almohadas.

La séptima se llamaba
Alegría.
Le inyectaron periódicamente
pequeñas gotas de desilusiones
y de gritos
sin   porqués.

La octava se llamaba
Maternidad.
Hacharon su virtud
temporal
el desamor,
los  celos y el abandono.

La novena se llamaba
Cordura.
La incendió
en parte
el parloteo estéril
casi  sin fin.

Es muy bueno saber
que la décima escapó
del cuchillo,
del rapto,
de la daga,
de la soga,
del agua,
de las balas,
del veneno,
del hacha
y del fuego.

Terminó de sollozar
mientras cambiaba
sus   ropajes antiguos.
Se llama
Fortaleza.

15-10-03